
MÉXICO, DF — A cuatro décadas de la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, dos mujeres que presenciaron los hechos relatan los momentos de temor y zozobra que siguieron al inicio de los disparos.
'Se te acaba la esperanza'
Pensó que las luces que lanzaron los helicópteros que sobrevolaban la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, habían tirado luces de bengala para señalar algo, sin imaginarse que con ello comenzarían a llover las balas sobre los manifestantes.
Era el 2 de octubre de 1968 y los jóvenes esperaban sentados a escuchar a los oradores del movimiento estudiantil. La plaza se encontraba llena y de repente, se hizo el caos.
Marisela Castillo era entonces una estudiante de 21 años de la Preparatoria 7. Hoy, ya con 61 años, sus ojos se llenan de lágrimas al recordar cómo tuvo que cruzar las ruinas arqueológicas para refugiarse, junto con su amigo Simón, en el edificio Molino del Rey.
"Nos echamos a correr y había soldados tirados en el suelo disparando a lo que se movía; nos cercaron. Unos corrieron para la iglesia, y la iglesia se cerró", relata en la misma plaza.
Al llegar al edificio, los jóvenes se subieron al elevador y, sin saber en qué piso, se arrastraron tocando puertas hasta que alguien les abrió y accedió a esconderlos.
Desde ahí observó cómo capturaban a otros jóvenes y los desnudaban para recargarlos contra una pared y dejarlos ahí, en el frío.
Minutos más tarde, unos oficiales tocaron la puerta del departamento donde se encontraban escondidos.
"Gritaron 'abran' y la señora de la casa dijo 'esperen un momento'. Había una ventana de aluminio, la abrió, y pidió a los muchachos que se pasarán por ahí hacía unas escaleras. Volvió a poner la ventana y sólo quedamos la señora, dos niños y yo", recuerda.
"Al abrirles la puerta se metieron como perros rabiosos a buscar hasta en el refrigerador".
Al salir, los oficiales marcaron con un plumón rojo la puerta, en señal de que ya habían revisado el departamento.
A medianoche llamó a sus hermanos para decirles que estaba bien y se sorprendió al darse cuenta que no sabían nada.
"El radio no había dicho nada; televisión, mucha gente no tenía".
Fue hasta las 3 de la madrugada del 3 de octubre que pudo salir del lugar y, al regresar a su casa, decidió que nunca más iba a participar en ninguna manifestación.
Los días posteriores a los hechos, Marisela se negaba a salir de su casa. La calle, la escuela, le recordaban el olor, el miedo, la presencia de los militares, los cuerpos en la plaza y sus compañeros desaparecidos.
Sin embargo, tuvo que reponerse y seguir yendo a la escuela para seguir los estudios e informarse de lo que ocurría con el movimiento.
"Yo acompañé a algunos a las casas de las familias a preguntar por ellos y simplemente cerraban la puerta y no querían saber nada más... era muy triste", señala.
"A partir de entonces yo no creó en nada más, en los políticos, en la presidencia, en los gobiernos, ya no. Se te acaba la esperanza".
'Grité que no se espantaran'
Su verdadera motivación fue hacer valer su voz. El autoritarismo se vivía en todas partes: su casa, su escuela, la calle, la política, y por ello el movimiento estudiantil de finales del 68 se le mostró como una alternativa.
Nacida en 1945, Myrkthokleia González provenía de una familia comprometida con los movimientos sociales. Sus padres y hermanos apoyaron siempre a los estudiantes.
Se unió al movimiento sólo tres meses antes de aquel 2 de octubre. Cursaba el cuarto año de la carrera de Mecánico Industrial en la Escuela Técnica Industrial Wilfrido Massieu, del Instituto Politécnico Nacional. Tenía 23 años.
Ese día, luego de ir a Zacatenco, sus compañeros le informaron que iba a haber una reunión y ahí, en la asamblea la la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME) fue nombrada maestra de ceremonias en el mitin del 2 de octubre.
"Eran cuatro oradores; nos fuimos a un salón a preparar lo que íbamos a decir en el mitin y de ahí nos venimos a Tlatelolco y pasamos a la tiendita que esta abajo (en el edificio Chihuahua). Nos dijeron que tuviéramos cuidado porque los soldados andaban cerca", relata en el lugar de los hechos, 40 años después.
Desde el tercer piso del edificio Chihuahua, Myrktho vio pasar los helicópteros y vio cuando cayeron las luces de bengala; oyó los primeros balazos y sus compañeros le pidieron que gritara por el altavoz a los manifestantes que no se fueran, que eran balas de salva.
"Yo hice lo que me pidieron y grité que no se fueran, que no se espantaran, que eran de salva; pero empecé a ver cuando caían los cuerpos en la plaza… y fue cuando vi que el elevador se abría y venían por nosotros".
Quienes aparecieron llevaban un guante blanco y portaban armas. Los hicieron echarse al suelo, mientras ella gritaba que no veía nada y fue herida de bala en una mano.
A ella la llevaron a la Cruz Roja y ahí los médicos le dijeron que la ayudarían a escapar, pero los militares fueron a amarrarla a la cama y no pudo irse.
Para ese entonces, Myrktho ya tenía orden de aprehensión y fue trasladada a una delegación de la PGR. Al ver que seguía afectada por la herida, la llevaron al Hospital de Traumatología de Balbuena.
"Estaba todo el tiempo rodeada de policías o militares, pero un día llegó una enfermera y me preguntó si era yo la que no podía caminar. Le dije que sí y después llegó por mí y me escondió en un baño, hasta que logramos salir de ahí echándonos a correr".
A pesar de que seguía la persecución, Myrktho decidió que tenía que regresar a la escuela a terminar el último año de su carrera.
"A veces me decía hasta la gente de la cafetería que estaban buscándome y yo me desaparecía hasta por 10 días, así que todos mis exámenes los pasé a título de suficiencia".